AJENA

Tó mismo me la diste,
Señor, así amorosa, caritativa y buena:
pero hay en mi ser algo profundamente triste,
porque cuando tan cerca de mí la condujiste
pra que me mirara, ya había sido ajena.

Tú mismo me la diste, Señor, en una hora
de infaustos abandonos. Consoladoramente,
cual se hace con un niño que protección implora,
me refugió en sus brazos y me besó en la frente.

Mas todo, todo en vano. Ya había sido ajenos
sus crenchas, casi azules, sus labios y sus senos:
Su acento, que semeja clarísimo y sonoro,
un gran cristal polífono bajo una lluvia de oro.

Y, sobre todo aquello, sus manos perfiladas
y sugestionadores, y sus pupilas quietas,
dos hondas e increíbles pupilas, circundadas
por dos inverosímiles jardines de violetas.

Mi alma-¡pobrecilla!- dolientemente evoca
el hondo dolor de esos
instantes de tristeza y amor, en que mi loca
boca desatinada creyó hallar en su boca
la huella de otros labios y el rastro de otros besos.

Tú mismo me la diste,
Señor, así amorosa, caritativa y buena:
pero hay en mi ser algo profundamente triste,
porque cuando tan cerca de mí la condujiste
para que me mirara, ya había sido ajena.
(José Luis Castillo)

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