CANTABA EL PIDÉN

Un ramo de albahacas llevaba a mi niña,
mi encanto, mi bien;
la tarde caía, balaba el ganado,
cantaba el piden.

Allá, junto al rancho, la ropa tendida
cimbraba el cordel,
y los maceteros de su ventanita,
moviendo sus flores, decíanme: ¡Ven! h

Crucé por la huerta cantando un requiebro,
llegué hasta el dintel:
no estaba, como antes, abierto el postigo,
ni oí de sus labios el dulce: «¿Quién es?»

Golpeé; respondierón; abrióse la puerta,
y un pálido rostro angustiado miré:
su madre me echaba los brazos al cuello,
y oí que decía llorando: -¡Se fue
con otro!...
-¿Con otro?... ¿Con quién?
-Ya sabes, con él...

Sentí que se me iba la vida del cuerpo,
sentí que la tierra faltaba a mis pies,
y huí de la casa, llevando en el pecho
clavado un cuchillo sangriento y cruel.

Allá, junto al rancho, la ropa tendida
cimbraba el cordel,
y los maceteros de su ventanita,
moviendo sus flores, no decían: ¡Ven!,
porque en la tristeza del atardecer
todas esas cosas decían: ¡Se fue!
Decía la tarde, balaba el ganado,
cantaba el piden...

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