KASICA DE LOS OJOS

Cuando iba por el zoco
murmurando: es ciega.
Y era verdad. Marchaba
como si fuese a tientas.

El sol de la mañana
era miel en las piedras,
y en la cal del aljibe
y en la blanca azotea.



En las tapias había
sangre de rosas tiernas,
y entre las rejas, lunas
de jazmines y adelfas.

Presentía bancales
cargados de alhucema,
pero no podía verlos,
pues iba herida y ciega.

Y es que dejé los ojos,
¡ay, pena de mi pena!...
Y es que dejé tus ojos
en la almohada fresca
durmiendo un sueño verde
de albahaca y de menta.

Y al salir a la calle,
entornado la puerta,
no me acordé, mi amado,
de que iba herida y ciega.


Rafael de León




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